Tormenta en Filipinas


Era domingo, día de descanso para los católicos habitantes de Carabao y pronto se iba a celebrar una exótica y violenta pelea de gallos, un curioso espectáculo, al que evidentemente no íbamos a poder asistir, porque debíamos atender a todas aquellas gentes que seguían llegando desde los más recónditos lugares de la isla, de tal manera que cuando quisimos darnos cuenta, ya estaba anocheciendo de nuevo y unos oscuros nubarrones se cernían sobre el horizonte. Mientras la mayoría de los integrantes del grupo, embarcábamos a pesar de las quejas de los barqueros, que no querían navegar de noche, rumbo a Boracay y solo tres de los nuestros permanecerían en Carabao, para cuidar de los equipos.

Llegada a la isla de Carabao en una Banka

Llevábamos casi una hora de navegación, cuando en cuestión de segundos la tormenta se nos vino encima, de pronto perdimos de nuestro campo de visión, las siluetas de las islas que hasta hacía solo un momento, nos servían de referencia. La lluvia nos azota con violencia, los tripulantes nativos, comienzan a gritar en un “Tagalo” incomprensible para nuestros oídos, dando claras muestras de pánico; el marinero, que habitualmente navega sentado en la proa para dar aviso de los posibles obstáculos que puedan surgir durante la travesía, abandona súbitamente su puesto para reunirse con el patrón y cobijarse junto al resto de la tripulación, en la pequeña casamata de popa.
Nos cruzamos miradas de preocupación, estábamos en medio del mar del sur de la China, en una frágil “Banka”, que carecía de radio para solicitar ayuda y que además no disponía de brújula ó cualquier otro sistema de orientación y navegación. Los segundos parecen minutos y los minutos horas, el tiempo se eterniza y la tensión crece, mientras la lluvia torrencial nos golpea en el rostro impidiéndonos mirar y escudriñar el inexistente horizonte, en busca de la ansiada referencia que pueda indicarnos el camino a seguir, ...una frase hecha me viene a la memoria,” Si pierdes la ruta en tierra, te extravías, pero si la pierdes en el mar, te ahogas”.


Posición del vigía situado en la proa de la Banka

Las olas mecen peligrosamente nuestra nave, el agua comienza a ganar terreno en el interior de la barca y todos sabemos que el mar que ahora nos rodea, es hábitat natural de tiburones. Uno de los médicos, afectado ya por fiebres virulentas, comienza a tiritar por efecto del frío y del agua, lo arropamos en el fondo de la embarcación mientras los demás intentábamos ver alguna señal salvadora, entre la oscuridad circundante.
Ante la caótica situación y en un impulso reflejo, le dejo la mochila con los equipos fotográficos a mi compañero y me arrastro hasta la proa que momentos antes había abandonado presurosamente el vigía, una vez situado y agarrando con todas mis fuerzas, comienzo a escudriñar entre la tiniebla...que horrible sensación de impotencia.
Tras casi una hora de angustiosa incertidumbre, en la que pasan por nuestras mentes un sinfín de imágenes y pensamientos de toda índole, atisbamos al fin lo que parecen unas pequeñas luces difuminadas por la bruma ¡Allí, allí, luces!. De pronto creí entender la emoción que le debió producir a Rodrigo de Triana, gritar “Tierra”, cuando avistó las Bahamas.
Las luces aparecían y desaparecían, pero ya habíamos conseguido situar la posición aproximada de nuestra embarcación con ayuda de las brújulas que algunos componentes del grupo, llevaban incorporadas en sus relojes de pulsera. Poco a poco nos íbamos acercando a tierra, la oscura silueta de la isla comenzaba a vislumbrarse y en breve nos encontrábamos siguiendo el perfil de la costa, embarrancar en los arrecifes coraliferos de las islas, entraña graves peligros y había que buscar un adecuado emplazamiento para fondear
Cuando por fin llegamos a lo que parecía un perdido poblado de pescadores, la lluvia seguía cayendo sobre nosotros con denodada persistencia. Logramos desembarcar en medio de la oscuridad, para buscar refugio, solo una pequeña venta-bar, permanecía iluminada de entre las escasas viviendas que conformaban el lugar y allí acudimos. Estábamos de nuevo en la isla de Carabao, solo que algo más al sur, en un lugar llamado Lanas, este era el resultado de las incontables vueltas sin rumbo que habíamos estado dando hacía escasos momentos en medio del ancho mar. Pasada la tormenta, regresamos de nuevo al bote para emprender el camino de vuelta, “Tras la tempestad, la calma” y los ahora claros cielos nos sorprendieron cantando viejas canciones, en la mitad de la noche.....dicen que cantar espanta los miedos.
Esa noche, ya de regreso al campamento y en la quietud de mi cabaña, me alegro de oír, el hasta ayer “molesto” zumbido que producían las aspas del vetusto ventilador y escucho con especial atención el concierto que me proporcionaban los “Geekos”, unos grandes y peculiares lagartos de ojos rojos que instalados en el techo de paja y hojalata de mi habitación, emiten un extraño sonido, mucho más penetrante que el croar de las ranas y que hoy no me molestan en absoluto.
Al día siguiente volvemos a Carabao, allí nos esperan los tres compañeros que habían permanecido en la isla, ellos también habían tenido una noche “ movidita,”, bailando y bebiendo “tuba”- licor que se obtiene por destilación del cocotero y otras palmeras- hasta altas horas de la noche, en compañía de los hospitalarios nativos.
Hoy si que acabaríamos la misión antes de que se ocultase el sol, pero sin dejar por ello de atender a los enfermos más necesitados.


Esta narración, es parte del reportaje que realicé para la revista "Auto Aventura 4x4" sobre una expedición médico-humanitaria a Filipinas.