Madeira, gente 10 :)


La isla de Madeira es mundialmente conocida por su belleza y exuberancia, cuando la visitas es algo que puedes apreciar con tus propios ojos y a medida que la vas recorriendo, no dejas de sorprenderte ante la sorprendente visión que su escarpada geografía repleta de frondosos árboles, vistosas flores y exóticos frutos va dejando en tu retina.
Y esta era sin duda la principal impresión que la isla estaba dejando en nuestro ánimo desde que aterrizamos en el aeropuerto y comenzamos nuestro recorrido fotográfico, cada rincón y cada pueblo que pasábamos, atraía nuestra atención y admiración tanto por la armonía urbanística que se nos mostraba como por abundante vegetación que emergía a un lado y otro de los pequeños núcleos de población.



Pero lo más gratificante de la visita a Madeira, surge cuando comienzas a interactuar con sus habitantes, que siempre y en todo lugar te muestran su más sincera hospitalidad que va más allá de la típica y formal acogida turística, desde el primer momento pudimos observar y disfrutar de este especial talante de sus gentes, en nuestra relación diaria con los guías y conductores ó motoristas como se les denomina en portugués, que nos acompañaron en nuestras incursiones por la isla, así como con las diferentes personas que nos íbamos encontrando a lo largo de los diferentes trayectos. Este talante de amistosa recepción para con los visitantes, ya había podido notarlo anteriormente en mis viajes al Portugal continental, pero en mi opinión, los madeirenses lo elevan hasta el más alto grado de empatía, por lo que sin darte cuenta ya estas repitiendo a diestro y siniestro la mágica palabra de Obrigado, que significa gracias en portugués.
Como fotógrafo, sé lo difícil que es contar en la mayoría de las ocasiones con la colaboración de las personas para que me dejen retratarlos en los escenarios de su actividad y de esta manera poder añadir un más efectivo interés humano a las imágenes que deseo mostrar, por ello siempre intento convencerlas de que colaboren con mi proyecto, explicándoles el fin promocional de mis imagenes, pero en la isla de Madeira, estas argumentaciones eran practicamente innecesarias, porque en cuanto notaban mis intenciones, rápidamente y sin ningún tipo de reparo, me obsequiaban con su mejor sonrisa y complicidad, dejando que mis instantáneas se impregnaran con una pequeña parte de su espíritu hospitalario.