Mont Saint-Michel

En mi último viaje a París, decidí acercarme hasta el famoso Mont Saint-Michele, una pequeña elevación, en la costa atlántica gala, sobre la que destaca, la impresionante silueta de la Abadía de San Miguel, una llamativa estructura arquitectónica construida sobre la superficie rocosa, de esta pequeña isla en la costa de la baja Normandía. Las murallas y las casas del pueblo que surgieron alrededor, de esta Abadía Benedictina, entre los siglos XII y XV, se encuentran enclavadas en las laderas de este singular promontorio, conocido también como el Monte Tumba.

Esta formación geológica ó isla mareal, situada en la bahía cercana al estuario del río Couesnon, tiene la particularidad de quedarse aislada del continente cuando sube la marea, una peculiaridad que se repite hasta dos veces al día y a gran velocidad. Esta condición acabó convirtiendo durante siglos a la Abadía y el pueblo que se extiende a sus pies, en una fortaleza inexpugnable, ya que solo se podía acceder hasta la isla, durante la marea baja. En la actualidad y debido a la frecuente visita de turistas, el acceso terrestre se mantiene abierto, a pesar de las habituales subidas de marea, a través de una carretera más elevada que lleva desde la costa hasta las puertas de la ciudadela.
El ahora tercer emplazamiento turístico más visitado de Francia, después de la Torre Eiffel y la Catedral de Notre Dam, es según los historiadores, un lugar que ya poseía, desde los primeros asentamientos celtas, cierta tradición religiosa, representada por un gran megalito en lo alto del peñasco, también utilizado posteriormente como cementerio por los Galos y por varias comunidades cristianas, que establecieron diferentes iglesias en el lugar, hasta que por orden del Obispo de Avranches, se edificase la Abadía en honor al arcángel San Miguel. Mont Saint-Michel, con su clara condición de plaza inexpugnable, también sirvió como ciudad fortificada, para resistir los ataques de las tropas inglesas, durante la Guerra de los Cien años y como prisión durante la Revolución Francesa.
Después, con la llegada del siglo XIX, llegaron hasta la zona, románticos viajeros, escritores y pintores, que se sentían atraídos por las leyendas y la pintoresca silueta de este singular emplazamiento. estos artistas y aventureros contribuyeron a divulgar la imagen evocadora y romántica del lugar, hasta que en el siglo XX la afluencia del turismo de masas, se fue incrementando, hasta llegar a las cotas actuales, con cifras que superan los tres millones de visitas anuales.