Viaje a la Mitad del Mundo, Ecuador

Hace ya algunos años, participe en una expedición con vehículos 4x4, con la que recorrimos todo Ecuador y la zona norte del Perú, con las fotografías y vivencias obtenidas en este viaje, publiqué posteriormente varios reportajes en distintas revistas nacionales, tales como Auto Aventura 4x4, Antena Semanal, Guajara y Canarias Motor. Recordando estos pasajes de mis andanzas por América del Sur, y viendo las interesantes combinaciones y precios que la compañía LAN Airlines ofrece en Internet,  siento que ya va siendo hora de volver a pisar estas magníficas tierras, que tanto tienen en común con nuestra cultura y forma de pensar. Una tierra de encuentros, mestizajes y legendarios tesoros histórico-culturales, donde aún se puede disfrutar de una naturaleza variopinta y vigorosa.

La exuberante naturaleza de Ecuador
Mientras escribo estas notas, me viene a la memoria nuestra llegada a la ciudad de Quito y la extraña sensación inicial, que nos producía tener que movernos a 2.800 metros sobre el nivel del mar, situación a la que a las pocas horas nos conseguimos adaptar y sin pensarlo dos veces, nos lanzamos a descubrir una ciudad que muestra su modernidad, con elevadas edificaciones y grandes avenidas, a la vez que sigue conservando celosamente su rica herencia arquitectónica, producto de la época colonial.
Vista de la ciudad de Quito
Quito, la capital de Ecuador es una interesante ciudad cargada de magníficos edificios históricos y poblada por gentes tranquilas y afables que en todo momento desean demostrar el afecto y respeto que le merecen sus interlocutores, sucediéndose los saludos y apretones de mano en cada nuevo contacto. Estuvimos unos cuantos días recorriendo los lugares más emblemáticos de la ciudad hasta que llegó el sábado, día de mercado en Otavalo, un pequeño enclave situado a tan solo 111 km al norte de la ciudad.
Escenas de mercado en Otavalo
Este tradicional mercado, es una visita casi obligada para cualquiera que visite Ecuador, maestros de los hilados, la cestería y la cerámica, junto a campesinos que acuden a ofrecer sus productos, se dan cita desde el amanecer en un singular y colorido entresijo de puestos y tenderetes. El tiempo se nos va deprisa, mientras deambulamos absortos entre las mil curiosidades que allí se ofrecen, es la ocasión propicia para fotografiar y aprender cosas nuevas sobre las costumbres indígenas, su arte y hasta un poco de su cocina popular.
Refrescos artesanos a base de frutas y hielo
Tras este derroche de color, continuamos con nuestra ruta hacia Santo Domingo de los Colorados, atrás van quedando los paisajes propios de la sierra andina y la atmósfera se va tornando húmeda y calurosa. En los márgenes del camino asoman las extensas plantaciones de banano, sobre los que destacan los penachos de las altas palmeras, el aroma de fruta madura caída en los bordes de la carretera, se hace cada vez más denso y empalagoso, casi irrespirable, una muestra evidente de la riqueza y voluptuosidad de esta zona sub-tropical de Ecuador.
Encuentro con un indio colorado
Los indios colorados ó Sachira (la verdadera gente) como a ellos mismos le gusta denominarse, son los primitivos habitantes de esta región y son fácilmente identificados por la costumbre de tratarse el cabello con una pasta realizada a base de grasa animal y semillas de achiote, formando con esta mezcla de color rojizo, una capa que se aplican sobre la cabeza a modo de casco protector, para resguardarse de la lluvia y del calor. Los indios colorados, que debieron contarse por millares, han quedado reducidos en la actualidad a tan sólo, unas escasas centenas de individuos, la explotación agrícola de la zona, se ha ido tornando cada vez más intensa, contribuyendo con ello al desmembramiento de las grandes comunas que se han ido sustituyendo progresivamente por pequeñas haciendas familiares, donde los indios cultivan yuca y plátanos, aunque siguen conservando algunas de sus normas como organización étnica de carácter propio.
Imágenes en la zona costera de Guayas
Desde Santo Domingo de los Colorados, nos dirigimos hacia la zona costera del país, atravesando los importantes núcleos humanos del Carmen, Chone y Puerto Viejo, que nos sorprende con sus extensas playas de Manta y Crucita. Después de disfrutar de las cálidas playas y de un delicioso plato de cebiche, a base de pescado de la zona, aderezado con picante y chifles (rodajas de plátano frito), emprendemos de nuevo el camino sin abandonar las carreteras de costa, para llegar a la provincia de Guayas, con su capital Guayaquil, segunda ciudad en importancia del país, reconocida ya desde la época colonial, como centro del comercio marítimo internacional de importación y exportación.
Improvisados pasos fronterizos
En nuestro viaje de regreso a Quito, después de recorrer las regiones del norte de Perú, volvemos a adentrarnos en la cordillera andina por el paso de Macara, dejando a nuestro paso preciosos pueblos hasta llegar cerca de Loja, donde habitan los indios Saraguru, una comunidad agrícola y pastoril que permanece fiel a sus tradiciones, haciéndose muy difícil el acceso a ellos... sobre todo si tienes intención de hacerles fotografías. Prosiguiendo con nuestra ruta, dejamos atrás las poblaciones de Catacocha, Loja, Cuenca y Riobamba, para adentrarnos en la cuenca del Amazonas, la selva ecuatoriana por excelencia, aquella a la que en marzo de 1541 llegó, con una expedición procedente de Quito, Francisco de Orellana, para después de dos largos años de dura hazaña y de numerosas bajas en la comitiva integrada por indios y españoles, culminar con el descubrimiento del río Amazonas, llave fluvial hacia el Atlántico, que por sus grandes dimensiones, fue definido como el rió-mar por Neruda.
Gente que vamos encontrando en el camino, campesinos, vaqueros, militares...
Baños, es el último reducto, la última ciudad que sirve como puerta de acceso a la inmensa y exuberante selva amazónica, un lugar atiborrado de mercadillos, tiendas y puestos de comidas, desde el que parte la angosta carretera que serpenteando aferrada a las laderas de las montañas, lucha por no desprenderse bajo el profundo precipicio que el río Pastaza, ha ido surcando con el paso de los años. Solo esta carretera y los estrechos hilos de agua que caen desde altas cascadas, parecen poder abrirse paso entre estos montes de tan densa vegetación, pero poco a poco las laderas y los precipicios se van suavizando hasta llegar a la pequeña población de Puyo, donde los ríos se ensanchan y comienza la llanura amazónica, donde algunas plantaciones emergen sobre los terrenos arrancados de la salvaje naturaleza circundante. 
En un poblado indígena del Amazonas
Entre los grupos étnicos que pueblan estas zonas de selva baja, se encuentran los jíbaros, antaño practicantes del macabro arte de reducir las cabezas de sus enemigos, por lo que muchos misioneros, aventureros y exploradores, que hasta allí llegaron, acabaron con su cabeza convertida en trofeo de guerra, antes de poder llegar a conseguir sus propósitos evangelizadores ó de conquista. Menos mal que hoy día los jíbaros (salvo rara excepción), son pacíficos y se encuentran integrados en las pequeñas poblaciones que surgen por doquier en los márgenes de los ríos y carreteras. No obstante, la inmensa selva amazónica aún guarda muchos parajes por explorar y todavía existen reducidos grupos étnicos, que defienden su ámbito geográfico con inusitada fiereza, como en el caso de los Aucas, que continúan negándose al contacto con elementos ajenos a su entorno y costumbres.
Finalizada la travesía, regresamos a Quito y desde allí embarcamos en el avión que nos llevará de nuevo a casa, cruzando el Atlántico... pero como es habitual, nunca decimos adiós, sino hasta la próxima. 


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